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Bob Dylan: el tiempo dirá quién quedó atrás

 

Bob Dylan crónica Alicante 2023

“Watching the River Flow”. Los músicos alargan la introducción durante varios minutos, parecen buscar el sonido en el que como el río de la canción todo fluya. Dylan, invisible tras el piano de cola, canta por fin los primeros versos, pero la música tapa su voz, los hace inaudibles. What’s  the matter with me / I don’t have much to say. Es un buen comienzo, aunque en esa primera canción, solo en esa, no se le oiga bien. ¿Qué tiene que decirnos Bob Dylan a estas alturas, con ochenta y dos años, docenas de discos, cientos de canciones, miles de conciertos? Hay quien piensa que su época ya pasó, que verle subido a un escenario no tiene sentido, que nada aporta sino decrepitud. Que esa cómoda escena de café bar en la que se ha instalado carece de interés, y que su último disco es soporífero. Con Dylan no hay consenso posible, nunca lo hubo. Siempre hay alguien que le llama Judas, como en 1966 en Manchester. Pero Dylan, sin traicionar a sus fieles, sin traicionarse de ese modo también a sí mismo, no sería quien es. Desde sus inicios eligió ese camino en que no se siente obligado por lo que los demás esperan de él y su música se libera de la aburrida fidelidad a lo creado el día anterior. Dylan pasa página siempre. Sus canciones a las once de la noche son otras distintas a como eran a las seis de la tarde. Ayer no existe. Sin ese poderoso instinto que le empuja a no respetar ataduras su obra no existiría, nunca habría visto la luz “Blonde on Blonde”, no habría alumbrado discos sorprendentes y desconcertantes tantas veces, admirados algunos en su tiempo y otros denostados para brillar décadas después. Diríase que a cada paso que da Dylan aumenta la cifra de descontentos, de quienes se borran o anotan otra decepción más en su cuenta personal. Dylan, en esta gira, la primera en mucho tiempo que tiene nombre propio, “Rough and Rowdy Ways Tour”, no ha hecho amigos, ha desencantado a muchos, y sin embargo nos ha llenado de felicidad a otros que, sumados de uno en uno, somos legión.

“Rough and Rowdy Ways” es, pues, el centro sobre el que gravita cada concierto. Un álbum extraordinario, no apto para todos los públicos, en el que se adivina un epitafio y una reflexión personal que abarca una vida entera. Canciones crepusculares en las que nos invita a entrar por una puerta estrecha tras la que se abre un territorio sin confines. Escucharle en la noche todavía primaveral de Alicante cuando canta “I Contain Multitudes” es perderse en el infinito, en las visiones de quien ha caminado todos los caminos. Resultaba difícil aventurar que canciones tan recientes y con un espacio musical tan definido pudieran transformarse en un escenario, pero sabíamos que también eso sucedería, y sucedió. Los cambios hacían emerger paisajes diferentes, a veces de modo tan sutil que solo lo sentías cuando la canción terminaba y buscabas la complicidad callada de quien estaba a tu lado en ese momento mágico, tal vez irrepetible. “False Prophet” alzaba el vuelo en la voz traviesa del Dylan octogenario y se alejaba de los surcos de vinilo que la contienen en nuestras casas, y “Crossing the Rubicon” trascendía su mensaje y viajaba en el sonido de media docena de músicos guiados por fuerzas misteriosas.

Dylan, en esta gira, ha abandonado su posición esquinada, ha sustituido la irrelevancia del órgano en el que durante años se apoyaba, y erigido en el centro indisimulado de su propio universo se levanta desde el piano, establece su verdad. Algo, no poco, ha cambiado en los últimos tiempos. Aquella voz ronca que buscaba refugio en la oscuridad del recitado es solo un recuerdo. Dylan recita cuando quiere, y cuando quiere canta, se apropia de la melodía, recupera los fraseos. Se divierte, se le ve feliz. Habla con nosotros, no mucho, suficiente, no hemos venido a que nos cuente otras cosas que las que cuentan sus canciones. Las que él quiere cantar. No está para complacer a quienes quieren escuchar una vez más “Like a Rolling Stone”, convertirle en una marioneta de ventrílocuo. Dylan siempre manda. Él tiene el poder y la gloria y un repertorio inabarcable en el que ninguna canción tiene el privilegio de ser imprescindible. Fue un lujo verle regresar a “Most Likely You Go Your Way (And I’ll Go Mine)”, saltarina y vigorosa en una noche que se presentaba a priori con tintes melancólicos; reescribir “I’ll Be Your Baby Tonight”, llevándola de la dulzura del piano al frenesí de las guitarras; revisitar “Gotta Serve Somebody”, piedra miliar de una trilogía, la cristiana, con la que en la década de los ochenta traicionó a ese numeroso grupo de fieles inmovilistas, incapaces de darse cuenta de que los tiempos estaban cambiando de nuevo. Tanto han cambiado ya, que escuchar “To Be Alone with You” en la plaza de toros fue sentir la herida de los años, la cicatriz suave, un paréntesis antes de encontrar de nuevo el presente en “Key West (Philosopher Pirate)” y en su cadencia hipnótica el lugar donde la inmortalidad es posible. La inmersión inesperada en el cancionero de Van Morrison, “Into the Mystic”, momento de comunión con los dioses, atisbo de Caledonia en la voz de Dylan, fue un arrebato místico que resurgió en el cierre de la velada, la misteriosa “Every Grain of Sand”, en la que el universo se encierra en cada verso.

Bob Dylan, urgido siempre a borrar sus huellas del mismo modo que el viento las barre en la arena, desdeñando caminos que él mismo ha señalado, hace de la traición a sí mismo la única manera posible de seguir vivo, renovado en cada canción y en cada noche, mientras busca todavía hoy el momento en que creará su obra maestra, la definitiva. Quizá por eso en los últimos años no suele faltar “When I Paint My Masterpiece”. Por eso tal vez sonó tan viva, tan llena de color y de fuerza, como nunca antes se la habíamos escuchado. I opened my heart to the world and the world came in. Son versos de “False Prophet”. El tiempo dirá quién tenía razón, quién quedó atrás. Él, impasible, sigue su camino y no le importa si ya no es el tuyo. En la arena de las plazas de toros, en los auditorios, en los jardines. No le verás en los estadios. Lo suyo es arte, es vida.

Juan J. Vicedo
Escrito por

 

Dylan, no es él quien tú piensas







¿Es posible escribir una crónica cuando la emoción te ha derribado como un viento cálido? ¿Se debe narrar lo sucedido cuando has acariciado con la yema del dedo una lágrima que se había dormido en tu piel? ¿Existe la distancia necesaria para contar los hechos cuando tu alma se ha ido en cada canción y no estás seguro de si ha vuelto?
Hay que respirar hondo varias veces, dejar cada latido en su sitio, y abrir la página, recuperar esa noche mágica en que oímos al viejo Dylan tratando de alcanzar el Cielo antes de que cerrasen las puertas. Vivimos tiempos extraños, la gente se ha vuelto loca, y él simplemente está de paso.
“Things have changed” es toda una declaración de intenciones y una carta de presentación que nos llega con una voz de otro tiempo, sorprendentemente renacida, en la que las cimas de ayer emergen de las brumas de hoy. Acostumbrados como estábamos desde hace más de una década a escucharle modular en el estrecho margen de unas cuerdas vocales apresadas por el humo y la oscuridad, el inicio de la noche destella en el escenario con la misma intensidad que los trajes rojos de su banda, fuego que se alza de las brasas siempre encendidas de esta gira interminable que ya dura tanto como las vidas de algunos.
Enseguida, bajo un cielo todavía azul de primavera, la siempre cambiante “It ain’t me babe” se convertiría en uno de los momentos álgidos de las dos horas que teníamos por delante, un agujero de gusano que nos transportó asombrados a las praderas de la Rolling Thunder Revue de 1975, cuando cada concierto era una fiesta y las estrellas caían sobre el escenario. Juguetona y entrañable, carismática e incontestable, fue la piedra de toque para comprobar la ley de oro auténtico de ese Dylan gigantesco que golpeaba sus pies contra el suelo sentado tras el piano. “No nena, no soy yo el que estás buscando”, nos lo lleva diciendo desde el año 1964, se lo dijo a quienes pretendían encasillarle y lo demuestra cada noche reinventándose a sí mismo en una espiral sin fin que algunos dicen que no concluirá hasta el mismo día de su muerte, que por supuesto le llegará en un escenario, o bajándose de uno o antes de subirse a otro.
Yo no lo creo: Dylan mutará miles de veces más después de muerto, de algún modo que quizá ni siquiera él conozca todavía pero en el que sin duda el control absoluto será suyo. Cerrado el período de pleitesía ilimitada a Sinatra que tanto irritó a muchos, ha regresado al camino de infinitas bifurcaciones en el que sus huellas son también la escritura de nuestras vidas aunque él nos advierta que no, que no es él a quien queremos, que no es él a quien necesitamos. Ejemplos de esa constante creación sobre lo ya creado hubo muchos, por no decir casi todos: la visita a “When I Paint my masterpiece” desde un ángulo diametralmente opuesto al original fue quizá una señal de que un día esa obra maestra se nos aparecerá y entonces ya nada será igual; la deconstrucción y recomposición de las piezas que las forman apareció sutilmente en “Scarlet town” y más tangiblemente en “Make you feel my love”; pero la majestuosa vuelta de tuerca de “Like a rolling Stone” no tuvo parangón, recreándose en la melodía y rompiendo deliberadamente el ritmo, con sus suaves descensos y sus explosivas subidas. No, había que reconocer que ninguna de las muchas, incontables versiones anteriores se parecía a esta. 
El mapa sonoro de la noche tuvo lugares donde abrazar la vida, ensenadas preciosísimas como “Soon after midnight”, y torrentes musicales como “Thunder on the mountain” (confieso: no la reconocí) con George Receli a un paso de desbocarse con los parches, o “Cry a while”, que ocupó el sitio que desde una semana antes había cedido a “Dignity”. O qué decir de “Gotta serve somebody”, reformada desde sus cimientos y entregada con un deje punkie que habría firmado sin dudarlo su amiga Patti Smith, escasamente a tres milímetros de lo que podía haber sido una versión surfera, un hito góspel de su maravillosa época cristiana con el que cada visita es una experiencia distinta.
La música para Dylan es una constante elección; como lo es la vida, ya sabes: puedes servir a Dios o al Diablo, pero tienes que servir a alguien. Charlie Sexton, refulgente como un diablillo rojo y centrado en el escenario, desparramaba desde las cuerdas de su guitarra lucecitas funkies, que centelleaban en torno a la voz viajera de Dylan, y Donnie Herron iluminaba tibiamente los espacios a su espalda con la dulzura de la lap steel.
El Maestro ha vuelto con fuerza y también con la capacidad intacta de emocionarnos: “Simple twist of fate” sonó arrebatadoramente dulce, con dos solos de armónica que corrieron el velo de la noche; “Don’t think twice, it’s all right”, solo al piano, con el tenue apoyo del contrabajo de Tony Garnier, detuvo el tiempo, nos hizo atisbar el relieve de la eternidad y en los silencios no se oía más que el propio silencio. No escaseaban los solos de armónica en la noche y uno más llegó a tiempo de elevar la canción a cumbres de las que no hubiéramos bajado nunca.
El de Murcia fue un público respetuoso y cómplice, intenso en su emoción contenida, del que Dylan se despidió lanzando besos (sí, lo hizo). Antes de eso rescató de los lejanos sesenta dos diamantes pulidos en nuevas facetas, dos bises esperados con los que surcar las olas del adiós: “Blowin’ in the wind”, siempre en el corazón, estuvo acunado por el violín de Herron, y “It takes a lot to laugh, it takes a train to cry” fue la última oportunidad para captar el mensaje: quiero ser tu amante, no quiero ser tu jefe, cuando tu tren se haya marchado y lo hayas perdido no digas que no te lo advertí. La noche habría sido redonda si además de las veinte interpretaciones descomunales de su repertorio que nos regaló hubiera cantado “My back pages”, pero, ay, ahora Dylan es mucho más joven, años atrás era más viejo. Qué suerte la suya, qué suerte la nuestra.
Juan J. Vicedo
Escrito por
Fotos por Juan J. Vicedo
* Hemos querido respetar su deseo de no sacar fotos ni vídeo durante el concierto.
Bob-Dylan-crónica-Murcia-2019